
Durante 45 años albergó el mayor telescopio del mundo.
Palomar se inauguró en 1949 con el telescopio Hale, cuyo espejo de 200 pulgadas (5,08 m) tardó once años en fabricarse y pulirse. Desde ese día hasta la puesta en marcha del BTA-6 soviético en 1976 fue el mayor telescopio óptico del planeta, y hasta 1993 el más grande realmente productivo. Durante casi cinco décadas condicionó el rumbo de la astronomía observacional.
Hoy conserva su posición gracias a instrumentos modernos como la Zwicky Transient Facility en el Samuel Oschin, que cada dos noches fotografía todo el cielo del norte en busca de fenómenos variables. También aloja el Palomar Testbed Interferometer y prototipos de nuevas técnicas de óptica adaptativa.
El monte está a 1.712 m sobre San Diego, una altitud modesta comparada con los grandes observatorios modernos. Pero la particular meteorología del sur de California —con abundantes noches despejadas y ciclos de humedad estables— permite que un observatorio construido para la astronomía de los años 40 siga siendo científicamente relevante casi ochenta años después.
El primer intento de fundir el espejo, en cuarzo, fracasó; se resolvió con vidrio Pyrex después de años de I+D.
El espejo pesa 14,5 toneladas y su enfriamiento controlado tardó ocho meses tras fundirse en Corning, Nueva York.
Los observadores subían al foco primario en jaulas suspendidas, con noches enteras dentro del propio telescopio a −10 °C.
El vecino Big Bear Solar Observatory usa el mismo emplazamiento de calidad climática para observaciones solares diurnas.