
Un plato de cien metros que compensa su propia gravedad para no perder la forma.
Cuando entró en servicio en 1972 era la mayor antena orientable del mundo, un puesto que mantuvo durante casi treinta años. Lo que hoy sigue asombrando a los ingenieros es la forma en que resuelve el problema clásico de las antenas gigantes: al inclinarlas, su propio peso las deforma y pierden la parábola perfecta.
El diseño de Effelsberg, obra del Max-Planck-Institut, es homológico: la estructura está calculada para que las deformaciones al girarse mantengan siempre una superficie parabólica, aunque desplazada. Lo único que cambia con la inclinación es el foco, y los receptores se reposicionan automáticamente para seguirlo. Esa idea, revolucionaria en su momento, permitió construir un plato de 100 metros que funciona con la precisión de uno mucho menor.
Está enterrado en un valle boscoso de Renania precisamente por su silencio radioeléctrico: las laderas circundantes apantallan buena parte del ruido de la actividad humana en la zona más densamente poblada de Europa.